Reminiscencias de mi pasado

            Ten misericordia de mí, y oye mi oración. Salmo 4:1.  

            Considero importante dar siempre gracias a Dios, por las múltiples bendiciones que recibimos. Yo era muy delgada y me cansaba, lo que llamaba la atención era la palidez de mi piel. Supe de mi problema cardiovascular congénito, cuando sentí que me desmayaba, gracias a Dios, alcancé a llegar a la puerta de la casa, pasó una amiga y me auxilió, con otro vecino me llevaron al cardiólogo. Por primera vez me hicieron el electrocardiograma y descubrieron mi mal. Eso fue a mediados del año 1961.

          Como la sangre pura y la impura se mezclaban dentro del corazón, trabajaba el doble, bombeando la sangre para que el oxígeno llegara a todo mi cuerpo. Según el diagnóstico de los médicos, debía ser operada en el lapso de un año. Después, el daño que el corazón recrecido causaría a mis pulmones era irreversible. Los médicos me repetían que lo que me iba a matar era el hígado, que privado del oxígeno necesario estaba endurecido, y pronto paralizaría sus funciones. Además tenía ulceras en el colón. Fui operada de corazón abierto en 13 de abril de 1967.

          Cuando empezaron a conocerse estos problemas, mis tres hijos estaban pequeños: el mayor tenía 4 años, el otro 3 y la hija uno. Yo no les comentaba mis males, porque no lo podían entender, pero les leía y contaba historias, además les hablaba de la importancia de la educación cristiana. Al principio sacaba la cuenta del tiempo, que según los médicos viviría. Pensaba que si aprovechaba cada minuto, daría solidez espiritual, moral y educativa a mis niños. Una nueva crisis me obligó a cambiar y decidí ser operada. El tiempo siguió, aunque el papá de mis hijos venía de un hogar cristiano, abandonó la iglesia, tenía hijos con otra dama, querían el divorcio y tuve que hacerlo. Me quedé sola, enferma, sin profesión y con la responsabilidad de ayudar a mis tres adolescentes. El amor por mis hijos pudo más que todas mis dolencias.

           Como mi operación del corazón fue filmada y la pasaron por televisión varias veces, no era fácil conseguir trabajo, además mi condición física no era buena. Así que pensando en mis hijos decidí estudiar: fui a la Zona Educativa y en un año me gradué de bachiller. Ingresé a la Universidad Pedagógica, Dios me fortaleció y el primer semestre conseguí trabajo en un liceo cristiano, cuando me gradué como mis horas disminuyeron, empecé a buscar trabajo en liceos del Estado, un día el director me llamó y me dijo que no sabía por qué pero debía ir. Es muy significativo tener la mente siempre ocupada, digo esto porque cuando estaba en recuperación, los médicos me decían que podía tener problemas mentales, porque la anestesia había pasado del tiempo requerido.

           Me gradué en la Universidad Pedagógica de profesora de castellano. Me dediqué a la enseñanza. Mis dolencias y mi soledad continuaban, pensando tener la mente ocupada, por lo que los médicos me habían dicho después de la operación del corazón, decidí sacar maestría en Literatura Latinoamericana. Me gradué y el siguiente año, después de estar sola por 22 años, me volví a casar con mi profesor de literatura y tutor de tesis. Voy a sintetizar su vida: venía de un hogar muy católico. Desde joven era un rebelde, pasó a formar parte del partido de izquierda. Cuando lo conocí en la universidad era un profesor ateo. Como en la clase comparaba la creación según la Biblia con otros libros de literatura, se burlaba de las creencias de sus alumnos evangélicos. Por la gracia de Dios fue adventista, mi hijo lo bautizó y fue director de la Escuela Sabática los dos últimos años de su vida. Estuvimos casados 13 años, se enfermó y vino parte de su familia de Maracaibo, fuimos con ellos a sus casas 9 meses y murió el 2-5-2009.

          Mis tres hijos estudiaron en instituciones cristianas. Hoy el mayor es pastor y director del programa de capellanía de un Hospital Adventista. El segundo es profesor universitario y mi hija enfermera. Cada mañana, lo primero que hago es dar gracias a Dios por mis hijos, mi esposo, nietos y todo lo que me ha dado. Sé que Jesús me ama. Por eso siempre tengo en mi mente una oración silenciosa.                          

                        

Articulo publicado en Volumen IX. Guarda el enlace permanente.

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