El nuevo nacimiento

El que no naciere de nuevo, no puede ver el Reino de Dios. Lucas 3:3

         Mi nuevo nacimiento fue la tarde de un primero de enero, en un pequeño río al noroeste de Colombia. Me faltaban pocos días para cumplir mis once años. Ese memorable día, siempre me trae un grato recuerdo. Una gran emoción espiritual me invadió cuando mi nieta, con madurez superior a su edad, dio el mismo paso un día antes de cumplir los diez años. Lágrimas rodaron por mis mejillas mientras sentada, al lado de su hermano y su madre, contemplaba el rito desde la congregación. Además, reviví otro momento, cuando por primera vez la tomé en mis brazos, envuelta en telas de albo-rosa, a esa preciosa niña de sólo unos pocos días de nacida. El tiempo siguió su curso y mi nieta rodeada de amor e ilusiones, crece cada año. Muy pronto entrará en la adolescencia, sin embargo, me domina la idea de guardar en mi memoria, el encanto de la suave melodía de su angelical voz.

Esa tarde, la observaba con ternura. Ella estaba de pie en la pila bautismal, esperando sellar la decisión de unir su destino, con los que esperan el pronto regreso de Jesús. Después de la oración, su padre la sumergió y la levantó de las aguas, como un símbolo glorioso de la resurrección de Cristo. Creo que para un padre tener el privilegio de bautizar a sus propios hijos es una bendición, que sobrepasa todas las emociones terrenales. En ese momento, me parecía que las palabras del poeta venezolano, Andrés Eloy Blanco inundaban el pecho de ambos padres.

Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera. (…)

Cuando se tienen dos hijos, se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,

toda la angustia y toda la esperanza, la luz y el llanto a ver cuál es el que nos llega,

si el modo de llorar del universo, o el modo de alumbrar de las estrellas.

El bautismo es el inicio de un proceso de preparación, pues el carácter es “lo único que llevaremos de esta tierra al cielo”, debe perfeccionarse hasta alcanzar la plenitud de Dios. El oropel del mundo atrae y seduce, pero jamás proporciona paz ni felicidad. En el camino siempre hay obstáculos, sólo se necesita dejar de orar y de estudiar la Palabra de Dios, para que poco a poco se pierda el interés por la comunión con Jesús. Mi oración constante es para que, asidos de sus padres y con su mirada fija en Cristo, mi nieta y su hermano se sumerjan diariamente en Jesús, la única “fuente de agua viva”, que purifica el carácter por la eternidad.

 

Articulo publicado en Volumen II. Guarda el enlace permanente.

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