Egoísmo

El egoísmo mata. White

           Una imprudencia de Roboam, hijo del rey Salomón, provocó la rebeldía de diez de las doce tribus de Israel, por eso el reino se dividió el año 922 a.C. Jerusalén continuó siendo la capital de Judea. El reino del norte quedó bajo el mando de Jeroboam, había sido uno de los oficiales más importantes de Salomón, cuando tomó el poder, se llenó de orgullo. Pensaba que si su pueblo iba a los servicios religiosos en Jerusalén, perdía el reino. Por eso hizo dos becerros de oro: uno lo puso en Betel y otro en Dan. Dijo al pueblo: “Bastante habéis subido a Jerusalén. Aquí están tus dioses, oh Israel, que te hicieron subir de Egipto”. Ese mismo Rey ofrecía los sacrificios, después puso sacerdotes que no pertenecían a la tribu de Leví, establecida por Dios. Las actividades religiosas eran el día y “el mes que él había inventado de su propio corazón” 1ª. Reyes 12: 28-33. Se opuso tanto a los designios divinos, que su descendencia en los reinos sufrió las consecuencias. Nunca se recuperó de la apostasía, ni de la corrupción. El culto al becerro era conocido como “el pecado de Jeroboam”, fue seguido por los reyes que le sucedieron. Israel en sus 208 años de existencia tuvo 20 reyes, 7 de los cuales asesinaron a sus predecesores, su caída el año 722, marcó su fin. El Rey asirio los llevó cautivos y los dispersó por todo su Imperio, perdieron su identidad.

            La maldad y la idolatría en Israel, antes de su cautividad, quitó todas sus esperanzas. Esa historia se ha repetido a través de los siglos, cada dictador comienza bien. Citemos a Juan Domingo Perón de Argentina. Según la historia, como vicepresidente “desarrolló un programa de grandes reformas de tipo social y económico”. En 1946 fue elegido presidente, cargo que ocupó hasta el 1955, como “sus doctrinas de amplio sentido democrático derivaron hacia un régimen personal y dictatorial”. Como era dictador fue derrotado. Todo el que se aparta de Dios, el engaño lo domina y cometen infames errores y hasta crímenes.

          Oí la historia de una pareja que se divorció, sus dos hijos estaban en una edad difícil. La esposa nació en un hogar cristiano y él trabajaba como capellán de un hospital. Lo que me impactó fue el odio de esa dama, convencida de tener razón, trató de sembrar en sus hijos el oscuro manto de la venganza: presentó sus quejas al jefe de su esposo y a toda persona que tuviera relación con él. Quería verlo destruido. Jamás se imaginó que ese daño se revertiría. Pensaba que por sus quejas, sus hijos estarían de su lado. Cosechó en ella el odio que sembró. Un día, la hija contrariando los deseos de su madre, llamó a su papá para que la fuera a buscar. La madre puso la denuncia y la policía detuvo al padre. Eso enfureció a la niña y se negó a regresar con su madre. Aunque la custodia pasó al padre, por cuestiones de trabajo como tiene que viajar, esa hija desde los once años vive en la misma ciudad de su madre, pero bajo el cuidado de otra familia. Esa dama a pesar de su capacidad intelectual, está destruida moral, física y espiritualmente.

           El egoísmo separa a todo humano de Dios. Entonces queda a merced del mal y como nada lo protege, cede fácilmente en las más bajas pasiones. La luz celestial siempre llega a los corazones sinceros que oran y leen La Biblia, para que eviten que el peso de sus errores, caiga sobre ellos y sus hijos.

Articulo publicado en Volumen IV. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.