Hablan las manos

En tus manos encomiendo mi espíritu; Tú me has redimido, oh Jehová. Salmo 31:5

         Pienso que las manos encierran parte de la historia de nuestras vidas. Sus características varían en cada ser humano. Los dedos sean largos o cortos, gruesos o delgados, pueden ser un reflejo de la personalidad, edad y profesión. Las manos de la quinceañera son suaves y de movimientos vagos, tal vez expresan pureza, incertidumbre o el recuerdo de su niñez. Las manos de la madre son un poco rudas, quizás con algunas arrugas y de movimientos lentos, son típicas del amor, la abnegación y la ternura. Las manos del agricultor son toscas, el frío y del calor les hacen nacer células resistentes, para soportar los utensilios de labranza y las espinas del campo, esas manos las fortalece la libertad del ambiente. Las manos del artista son delicadas, flexibles y de movimientos rápidos, aptas para dar expresión a la belleza, los sentimientos y las formas de vida. En algunas ocasiones las manos pueden sustituir el lenguaje oral.

         Las manos del cirujano son muy significativas. Vienen a mi mente, las manos del cirujano que me atendió y sus acompañantes, la tarde que ingresé de emergencia, al Hospital de Barquisimeto. El tiempo que estuve allí, sentía cierto placer en contemplar sus manos, para mí eran las típicas del cirujano: suaves como las de una adolescente, delicadas y flexibles como las del artista, sensibles como las de la madre y como las del agricultor, comprenden las necesidades de cada paciente.

         Quizás me hacía falta hallarme en un hospital, en las condiciones en la que me encontraba, para comprender la misión del médico. A veces he meditado en mi operación: estado de emergencia, una persona moribunda y cirujanos que necesitan actuar con prontitud. No tienen tiempo para averiguar al paciente: puede ser rico o pobre, ignorante o doctor, en la mente de cada cirujano sólo hay un objetivo: “salvarlo”.

         Era la hora de los espantos, me dijo una de las enfermeras que estaba de guardia. Los primeros tintos del amanecer, poco a poco mientras despertaba de la anestesia fui comprendiendo cuál era mi condición física. El cirujano encargado de mi caso, de rato en rato se acercaba a mi cama, en la sala de recuperación, me tomaba el pulso y hacía algún comentario. Lentamente fui enterándome de mi caso: lo que parecía simple cuando me llevaron al quirófano, se complicó tanto que estaba acabando con mi vida. El torrente sanguíneo amentaba con rapidez, me cortaron algunas venas y con pequeñas sondas me hicieron las transfusiones necesarias. La luz celestial brilló en la mente del cirujano jefe y procedió. El milagro se dio y la hemorragia se detuvo. Por ese delicado estado permanecí doce días en la cama del hospital, tiempo para que en mi brotara la gratitud.

        Hay personas y familias que guardan un grato recuerdo de médicos y otros individuos, a quienes Dios ha usado para que en un momento decisivo, tiendan su mano al necesitado. Gracias a Dios que dio sabiduría a los cirujanos ese doloroso día. (Escrito y publicado el mismo año y en la misma ciudad donde nació mi hija).

 

Articulo publicado en Volumen V. Guarda el enlace permanente.

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