José, Gobernador de Egipto

Israel amaba a José más que a todos sus hijos,  porque lo había tenido en su vejez. Génesis 37:3.

           El anciano Jacob tenía diez hijos, cuando su amada Raquel tuvo a José. Por su conducta Rubén, perdió la primogenitura. Como José era el amado de su padre, le hizo una hermosa túnica, que creó la envidia de sus hermanos. Después, José tuvo dos sueños: en el primero, sus hermanos y él ataban gavillas en el campo, las de ellos se inclinaban delante de la de él, que permanecía derecha y en el centro. Otro día, bien temprano dijo a sus hermanos, anoche soñé que: “el sol, la luna y once estrellas se inclinaban a mí”. La repitió a su padre, sin encontrar sentido, le preguntó: “¿Hemos de venir yo, tu madre y tus hermanos, a inclinarnos a ti?”. Ambos sueños aumentaron el odio de sus hermanos. Su madre murió cuando nació Benjamín. La relación entre el niño y su anciano padre creció tanto, que forjó las cualidades de su vida futura.

          Sus diez hermanos iban de un lugar a otro con el ganado. Hacía tiempo que su padre no tenía noticias de ellos y envió a José de 17 años, a buscar información. Cuando ellos lo vieron, llenos de odio no pensaron en su largo viaje, ni en el hambre o el cansancio que tenía, recordaron sus sueños y como llevaba la túnica que le había hecho su padre, se burlaron de él y decidieron matarlo. Rubén, su hermano mayor se opuso, y los convenció para que lo arrojaran vivo a una cisterna.

            José llegó contento, pero sus hermanos lo asustaron, porque le quitaron la túnica y brutalmente lo arrojaron a la cisterna. En ese momento pasó un mercader, Judá propuso que lo vendieran, en lugar de dejarlo morir en esa cisterna. Todos estuvieron de acuerdo. Cuando lo sacaron y José vio la caravana, comprendió su situación y suplicó piedad. No le hicieron caso y lo vendieron. Rubén estaba ausente, llegó y sin otra alternativa, se unió a sus hermanos. Mataron un cabrito y tiñeron su túnica de sangre. La llevaron al padre y le dijeron, que la habían encontrado en el campo. La angustia de Jacob fue tan grande, pensó que alguna bestia lo había devorado. Trataron de consolarlo, pero su dolor continuó. Sus hermanos por años cargaron con el peso de su culpabilidad.

           En Egipto, lo compró Potifar, capitán de la guardia de Faraón. Dios lo bendijo grandemente, se ganó la confianza de su jefe y ocupó el puesto más importante, en su casa por diez años. Era bien parecido y se distinguía tanto en sus actividades, que la esposa de su jefe se enamoró de José, como no accedió, ella lo acusó falsamente y terminó en la cárcel. Al principio fue tratado con severidad. Como su rostro reflejaba la pureza de su vida, se ganó la confianza del carcelero y lo puso en custodia de los presos.

           El copero y el panadero de Faraón delinquieron, y fueron enviados a la cárcel. Un día, José los vio tristes y preguntó: ¿Qué les pasa? Le hablaron de los sueños que habían tenido, José se los interpretó y tres días después, el copero volvió al palacio. Dos años más tarde, Faraón tuvo dos sueños y nadie se los interpretaba. El copero se acordó de José y se lo dijo al Rey. Ordenó que lo sacaran de la cárcel y lo llevaran a su presencia. Además de la interpretación de siete años de abundancia, seguidos por siete de hambre que tendrían Egipto, José dio recomendaciones tan sabias y razonables, sobre todo lo que debían hacer, que Faraón consideró que era el más apto para esa función, lo sacó de la cárcel y lo proclamó gobernador de Egipto, a la edad de 30 años. Le cambiaron el nombre y se casó con una princesa. Dios premió su fidelidad.

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