El rey Manases

Dios oyó su oración y lo restauró a Jerusalén, su reino. Entonces reconoció Manasés que Jehová era Dios 2ª Crónicas 33:13.

            Manasés, descendiente de David, comenzó a reinar a los 12 años (698-643 a. C) y gobernó 55 años. El reino de Judea prosperó durante el reinado de su padre. Por lo joven se convirtió en un impío rebelde, se apartó de los caminos de Dios y desarrolló una tiranía, con violencia y odio hacia todo lo bueno. Hizo revivir el paganismo con la edificación de altares a los dioses e imágenes en muchas partes, incluso en la casa de Dios. Su crueldad fue tanta que hasta profetas y sacerdotes fueron cruelmente asesinados, además “pasó a sus hijos por fuego” ante los dioses. En ese tiempo, como “consultaba a adivinos y encantadores; se excedió en hacer lo malo ante los ojos de Jehová” 2ª. Crónicas 33:6.

           Por su idolatría y crueldad, Dios permitió que lo llevaran prisionero, el año 22 de su reinado: “generales del ejército del Rey de los asirios, aprisionaron con grillos a Manases y atado con cadenas lo llevaron a Babilonia”. Ese sufrimiento lo hizo recapacitar. Su vida cambió: se humilló y arrepentido oró a Dios, movió a los asirios y le restituyeron su trono. Volvió a Jerusalén. Desde ese momento se ocupó en deshacer todo lo malo que había hecho. Destruyó los ídolos, abolió las prácticas de los adivinos, instituyó reformas para el bien espiritual de su reino, reparó las murallas de Jerusalén y reforzó las ciudades amuralladas. Murió en paz y fue sepultado en Jerusalén.

           En el Antiguo Testamento se registra el pecado del rey David. Un día, mientras paseaba por la terraza de su casa real, vio a una hermosa mujer bañándose. A pesar de saber que tenía marido, durmió con ella y como quedó embarazada, el rey se esforzó por tapar su pecado. Sin buscar la ayuda de Dios, trató de solucionar el problema y se hundió, porque añadió un crimen a su adulterio, envió una carta al capitán de su ejército, con el mismo esposo traicionado, para que fuera colocado al frente de la batalla y muriera. Así sucedió. La viuda guardó luto y pasó a ser su mujer. Dios que todo lo ve, le envió este mensaje: “no se apartará jamás de tu casa la espada… tú lo hiciste en secreto; más yo haré esto delante de todo Israel y a pleno sol”. David se arrepintió y fue perdonado, pero las consecuencias perduraron. No tuvo paz durante el resto de su reinado.

           Del linaje de David nació Manasés y de ambos el Salvador. Los dos reyes cometieron graves pecados. Dios los perdonó y les dio bendiciones, porque en sus corazones brotó un verdadero arrepentimiento, lo mismo será con todos los que se arrepientan, no importa cuán grande sean sus faltas. Después del pecado, la oración de David en el Salmo 51: “Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tú misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones… crea en mí un corazón limpio y renueva un espíritu recto dentro de mí”, refleja el cambio que hubo en su vida. Hagamos nuestra esta oración para que mantengamos la comunión con Dios.

Articulo publicado en Volumen IX. Guarda el enlace permanente.

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